lunes, 26 de agosto de 2013

Capítulo 4: Paciencia, gracias.

Hacían veinte minutos que las clases habían comenzado. Alice estaba aún de camino al instituto; de hecho, acababa de aparecer en la puerta. Entró apresurada al viejo edificio y se dirigió a su clase. Según un papel que le había entregado su madre,  ‘me lo ha dado el instituto para ti, para que no te pierdas’ y que descubrió demasiado tarde, su aula era la 11. Al acceder al patio frontal del  edificio vio a un hombre bajito y delgado. Era calvo, pero tenía un elegante bigote blanco sobre los labios. Estaba muy concentrado en su tarea de barrer las  primeras hojas del otoño que empezaban a dejar los árboles. El conserje, supuso. Un poco cansada, Alice se acercó al hombre y agarró su carpeta con fuerza.
-Eh… Disculpe, señor… Soy nueva en el instituto y estoy perdida. ¿Podría indicarme dónde se encuentra el aula 11? De verdad que  lamento mucho molestarle, pero no tengo otra opción.-Alice agachó la cabeza, por lo cual no vio cuando el hombrecito giró la cabeza hacia ella y en sus ojos apareció un destello de esperanza. Fugazmente elevó la vista hacia una de las ventanas superiores, hizo un asentimiento de cabeza y volvió a dirigirse a la chica.
-¡Claro! No hay problema. –Dejó la escoba apoyada en el tronco de un gran Roble que parecía dominar todo el terreno, y se frotó las manos en el chándal.- Sígueme, muchacha. La verdad que uno no siempre se encuentra con adolescentes tan educados como tú. –El hombrecillo se dirigió alegre hacia la que parecía la puerta de entrada al gran y grisáceo edificio. Tras pasar la puerta, lo primero que vio Alice fueron dos escaleras, que se ubicaban justo enfrente de la entrada. Las de la izquierda bajaban y las de la derecha subían. A la izquierda había un mostrador, tras el que el conserje había entrado para buscar alguna cosa, y en cuya parte superior relucía la palaba Portería. Y también había un pasillo, aunque ella solo alcazaba a ver la entrada a éste. En cambio, a la derecha, justo delante de la portería, había dos mesas, y en frente de la entrada al pasillo, dos puertas enormes que estaban cerradas. A Alice le picó la curiosidad, pero no se atrevió a acercarse. El conserje salió de la Portería con un fajo de fotocopias bajo los brazos.
-Ya que vas a  esa aula, voy a aprovechar y para llevarle al señor Goldheart sus fotocopias. Sígueme.- El hombrecillo se encaminó escaleras arriba. Alice lo siguió un tanto tímida. ¿Qué pasaría al entrar en clase? Todo el mundo la miraría, y ella no soportaba que la mirasen. Probablemente el único sitio libre que quedase estaría al final de la clase. Mirándolo bien, ese era un buen punto para poder pasar inadvertida para los demás. Alice miró hacia arriba por el hueco de las escaleras y descubrió dos plantas por encima de la principal, y al mirar abajo vio una. En total, parecía que aquel instituto tenía cuatro plantas. Nada mal, comparado con los antiguos. El conserje giró a la derecha  y se adentró en un largo pasillo. En la pared izquierda del pasillo había distintas puertas, cada una con un numerito encima. En cambio a la derecha, había ventanas que daban a los patios. Su clase no estaba muy lejos de las escaleras, de hecho era la segunda. El conserje tocó la puerta y abrió. Alice, asustada, se quedó atrás mientras esperaba alguna señal para pasar. Oyó la voz del conserje, y otra más grave que le respondía, sumados a los inquietos estudiantes que habían aprovechado la distracción para empezar a cuchichear.
-Señor Goldheart, le he traído las fotocopias que  mandó hacer.-Le tendió el fajo de papeles y se frotó la mano.-Y he encontrado a una alumna nueva, que parece que va a su clase. Estaba perdida, pobrecita.
-Ah, muchas gracias Gil. ¿Sí? Ya decía yo, me faltaba una... hazla pasar.- El conserje se giró hacia ella y le hizo una seña para que entrase.
-Ven niña, esta es tu clase. Yo me voy ya, que tengan un buen día.-El conserje, que parecía llamarse Gil, deshizo el camino y volvió escaleras abajo. Alice miró hacia su tutor. Alto, rubio y de ojos grises. Ya, lo típico vamos. Se quedó allí de pie sin hacer nada,  paralizada por el miedo.
-Bueno, tú debes ser Alice Bitterblue, ¿cierto?-Alice asintió con la cabeza.-Bueno, yo seré tu tutor. Mi nombre es Anthony Goldheart. Veamos…-echó una mirada a la clase, y señaló al final.-Allí hay un sitio libre. Puedes sentarte ahí.-Alice viró la cabeza y cuál no fue su sorpresa al ver que su compañero de pupitre era nada más y nada menos que el misterioso chico de pelo negro y ojos azules.
                                          

Levantó la cabeza de su dibujo nada más escuchar el nombre y que una descarga le recorriera el cuerpo. ¿Alice? ¿En su clase? ¿Era una broma? No sabía si podría soportar una descarga de esas  cada cinco minutos. La vio acercarse y sentarse con la cabeza gacha en el asiento junto al suyo. Genial, encima la tenía al lado. Suspiró y volvió su atención a su dibujo de nuevo. Notaba todos sus movimientos como si la estuviera viendo. Comenzó a ponerse nervioso cinco descargas después. No estaba seguro de querer aparecer por clases durante unos días.
-O-oye….-su voz le llegó en un susurro, para que el profesor no la escuchara, supuso.- gracias por lo de antes… Y… esto… me llamo Alice, pero supongo que lo habrás oído… ¿Puedo preguntarte tu nombre?-Se giró para mirarla, mientras soplaba el flequillo que le tapaba un ojo. Era normal que quisiera saber cómo se llamaba, aun así le sorprendió la pregunta.
-Jack. Mi nombre es Jack  Dakuhanta. –Obviamente esperaba, como siempre, algún comentario burlón acerca de su apellido, pero también se vio sorprendido por su respuesta, y por la descarga que vino a continuación.
-Hmm… es un nombre bonito… ¿Tu apellido es japonés? - ¿Cómo lo había adivinado?
-Eh… sí. –No dijo nada más, volvió a su dibujo. Y ella pareció captar la indirecta, pues tampoco habló más. ¿Quién era aquella chica?

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