lunes, 26 de agosto de 2013

Capítulo 1: Nerviosa estupidez.

Los cálidos rayos de sol, que se colaban por la ventana abierta, cayeron suavemente sobre su rostro  y lo despertaron. Un segundo después, sonó el despertador. Abrió los ojos y se incorporó en la cama con un movimiento brusco, y suspiró con frustración.  Sentado sobre esta, alargó la mano hacia la mesilla de noche para apagar el despertador, aunque lo que realmente quería hacer  era lanzarlo  por la ventana y no volver a ver a ese maldito artefacto. Se restregó un ojo con el dorso de la mano y se levantó, camino al baño. Se aseó y volvió al cuarto para vestirse. Abrió el armario, en el cual no había mucha variación de ropa. Sudaderas, camisetas y zapatillas de todos los colores, vaqueros en varios tonos de azul, y alguna que otra prenda elegante por ahí perdida. Eligió unos vaqueros claros, una camiseta y unas zapatillas verdes. Ese día empezaban las clases, pero aún no hacía tanto frío como para ponerse una sudadera. Volvió al baño para intentar arreglar su indómito cabello negro. Se lo cepilló un poco, lo justo para que pareciera normal. El flequillo, liso, le caía sobre la frente y le tapaba un ojo. Por detrás, le llegaba hasta la coronilla en lisos mechones. Era el único de la ciudad que no tenía el pelo corto. Observó su reflejo, y solamente un ojo azul cielo le devolvió la mirada. Volvió a suspirar. Bajó a la cocina con los ojos entrecerrados para adaptarse a la luz, y se preparó un café. Cogió su mochila tras mirar su reloj de muñeca y ver que aún quedaba tiempo para llegar al instituto, y salió por la puerta. Una brisa fresca le rozó la cara, y le recordó a su antiguo hogar, el cual siempre intentaba desesperadamente olvidar. No soportaba cualquier cosa que le recordara a su antiguo hogar. Cada vez que esto sucedía, tenía que agazaparse en el suelo con las manos en las orejas y tambalearse levemente, hasta que el doloroso recuerdo pasara. Y eso hizo en esa ocasión. Lo bueno que tenía es que nadie lo veía nunca, así que nadie se daba cuenta cuando lo hacía. Tras el momento de angustia, se levantó y se encaminó lentamente y cabizbajo hacia otro año de monótono y taciturno instituto.
                                                     

-¡Alice, date prisa!- gritó la señora Elizabeth Bitterblue desde la cocina.- ¡No querrás llegar tarde el primer día!
-¡Gracias por los ánimos, mamá!-Una voz se coló por las escaleras y  desde el piso superior y llegó a la cocina. -Eres de una ayuda espeluznante.-Elizabeth escuchó unos pasos en la escalera y sonrió al ver a su hija preparada para su primer día de instituto en la nueva ciudad. Estaba muy orgullosa de ella, y confiaba en que se adaptara pronto a la vida en la ciudad.
-Fe fada, fariño. ¿Fefayufas?- Preguntó, con la boca llena de cereales. Alice puso los ojos en blanco, pero sonrió.
-A ver quién tiene diecisiete años aquí.-Observó el tazón de cereales, con poco interés. Hizo un ademán con la mano para rechazar la oferta.- No gracias, tengo el estómago cerrado.
-Bueno, pues vete ya, que no llegas. Buen día, cielo.- Dicho esto, volvió a poner toda su atención en el tazón que tenía delante.
-¡Adiós! –Se despidió con la mano de su madre, y salió atropelladamente hacia la calle. Hacía un buen día. El sol brillaba en lo alto y no había prácticamente ninguna nube. Unos pajaritos volaban alegres en el cielo azul, entrelazando su vuelo en una elegante danza. Sus piar también se combinaban a la perfección. Sonrió con satisfacción y confianza, y se encaminó al instituto. Lo que ella no sabía es que ese día su destino daría una vuelta de tornillo y su vida cambiaría para siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario