Alice no sabía muy bien qué decir. Si bien se había quedado prendada por el azul de los ojos del chico, esperaba intensamente que no se le hubiera notado. Al colocarse a su lado observó que también su pelo podría dejar encandilado al mismísimo Helios*. No era dorado, ni mucho menos blanco. Era negro. Era el negro más negro que había visto en su vida. Más negro que una noche sin luna y sin estrellas. Más negro que el camino a la propia Gehena*. Más negro que el propio color. Pero brillaba. Era un color que brillaba, aun teniendo las vibraciones que tenía (para nada positivas), y daba sensación de calidez. Era muy extraño. Miró al cielo y distinguió en volar de un pequeño ruiseñor, que parecía huir de algo. No fue hasta que vio al halcón que comprendió. Se paró en seco en la acera y se quedó mirando el volar del indefenso pajarito tras el halcón. Y de pronto, todo su mundo interior se vino abajo. Ella era ese pequeño ruiseñor, indefenso ante el halcón y atemorizado. Huía. Había estado huyendo todos estos años. ¿De qué? Quién sabe. Probablemente todo tipo de problemas familiares, de adaptación social, o simplemente de autoestima llenaban frenéticamente la silueta del gran e imponente halcón, que antes muerto que dejar de perseguir a su presa. Quizás fuese el objeto de juego de algún dios caprichoso y sin corazón. Quizás, simplemente, no había esperanzas para ella. Perdida en el danzar de las dos aves, perdió la noción del tiempo, y al muchacho de ojos azules de vista.
Sabía que ella se había parado. Lo había notado en el aire. No había mirado hacia atrás, había continuado su camino. Pero antes, quizás sin que nadie se hubiera dado cuenta, había depositado una nota en las manos de la muchacha. ¿Cómo? Quién sabe. Pero él lo había hecho, y ella no se había dado cuenta.
Alice.
Ella no le había dicho cómo se llamaba, pero su nombre le había llegado a los oídos como una suave ráfaga de aire fresco otoñal. Lo suficientemente fresca para incomodar, y lo suficientemente caliente para ser agradable. Un escalofrío producido por otra descarga le sacudió el cuerpo. Joder. Si siempre sería así hasta que la llevase hasta allí, sería una gran molestia. Sabía que ella encontraría el instituto sin problema, y desapareció. Donde antes unas converse verdes descansaban, no había nada. Y él no había volado, o no había corrido. Había desaparecido. Mismamente, a más de treinta metros rectos, frente a unas grandes letras que rezaban la palaba YOKAI, habían vuelto a aparecer. Y nadie habría sido capaz de explicar tal suceso. Y por dos motivos: primero, era inexplicable. Segundo, no se puede explicar algo que no se nota. Él era casi invisible para el ser humano, por lo que sus acciones no repercutían en La Tierra.
Avanzó hasta introducirse en el desgastado edificio, observando cómo otros alumnos comenzaban a llenar el patio, y una gran multitud de voces y susurros llegaban hasta él. Esa era, siendo sinceros, la razón por la cuál odiaba el instituto. Independientemente de que a él le daba igual esas conversaciones, seguían llegando. Suspiró con fuerza y entró en el aula antes de que nadie más tuviera tiempo de hacerlo. Y es que al llevar tantos años allí, había desarrollado la capacidad de llegar a los sitios antes que los demás. Y no tenía (o no debería tener) nada que ver con su condición de ente.
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