lunes, 26 de agosto de 2013

Capítulo 5: Amigos nuevos. ¿Es procedente?

Las tres primeras horas de clase pasaron con una lentitud abismal para Jack, en cambio Alice se las había pasado tomando notas de absolutamente todo lo que dijeran los profesores. Anthony, aparte de ser su tutor, iba a ser su profesor de física. Después de darles su horario y explicarles el funcionamiento del curso, había hecho que Alice se presentara, ya que era la única que aún quedaba por hacerlo. Ésta se había puesto en pie intentando que no se le notara el nerviosismo, y había dicho su nombre y apellido sin que le temblara demasiado la voz, o tartamudeara. Todo un logro, teniendo en cuenta que cada vez que se presentaba en un sitio, ocurría algo que marcaba su reputación para la posteridad. Alice se dio cuenta que en ningún momento, desde que había hablado con él, Jack había levantado la vista de su dibujo. Se preguntaba con curiosidad qué estaría trazando con el vaivén de aquel lápiz del número cuatro. 
En la segunda hora apareció un profesor bajito  de pelo cano, con un ancho bigote sobre sus labios y unas gafas redondas sobre la nariz. Tenía una expresión seria, y tras dejar sus cosas sobre la mesa se había girado a la pizarra y había escrito con una caligrafía impecable y elegante su nombre: William Strauss. Se giró hacia ellos y tras subirse las gafas, carraspeó suavemente.
-Buenos días, señores. Yo seré su profesor de literatura. Mi nombre -señaló la pizarra.- es William Strauss, pero pueden llamarme simplemente señor Strauss..-No había sonreído en ningún momento, y tanto Alice como casi todos los alumnos observaban con compartida curiosidad al recién llegado. Por lo visto, no les había dado clase antes. El profesor Strauss paseó la vista por todos quellos que iban a ser sus alumnos durante aquel curso, y finalmente su mirada se paró sobre Jack. Esbozó una leve mueca de sorpresa, pero fue rápidamente sustituída por una pequeña sonrisa.
-Oh, señor Dakuhanta, un placer volver a verle.- Protestando por lo bajo, Jack levantó la cabeza  de su dibujo y saludó al profesor con una inclinación de cabeza.
-Señor Strauss.-Este se subió de nuevo la montura de las gafas, y señaló a los demas alumnos haciendo un amplio semicírculo con un brazo.
-Ya que le tendré en mi clase, no creo que haya nadie mejor que usted para explicar los contenidos de mi asignatura, ¿me equivoco?-Jack no respondió, continuó mirando impasible al profesor.-Especialmente el apartado de citas y poesía. ¿Le importaría recitarnos alguna de esas poesías que tan bien se le dan a usted, por favor?
-Será un honor, señor Strauss.-Jack se levantó quejoso. Los demás alumnos lo miraban con curiosidad notable, excepto dos chicos que se sentaban en el lado derecho de la clase, también al final, y los cuales notó Alice que lo miraban con compasión. Jack se aclaró la voz  con un carraspeo y recitó con voz clara y firme:
Cuando haya muerto, llórame tan sólo
mientras escuches la campana triste, 
anunciadora al mundo de mi fuga
del mundo vil hace el gusano infame.

Y no evoques, si lees esta rima,
la mano que la escribe, pues te quiero
tanto que hasta tu olvido prefiriera
a saber que te amarga mi memoria.

Pero si acaso miras estos versos
cuando del barro nada me separe,
ni siquiera mi pobre nombre digas
y que tu amor conmigo se marchite,

para que el sabio en tu llorar no indague
y se burle de ti por el ausente.
Jack volvió a sentarse y miró fijamente al profesor. Este asentía conforme, y los demás alumnos lo miraban desencajados. Alice creía que estaba a punto de llorar. ¿Cómo podía poner tanto sentimiento en un poema así? Lo había reconocido con los primeros versos, pero jamás lo había escuchado de forma que se le pusieran los nervios de aquella manera.
-Maravilloso como siempre, señor Dakuhanta. Gran elección, si se me permite señalar.-El profesor observó a su alumno y volvió a sonreír.- Definitivamente será todo un placer tenerle de nuevo este año.
-Shakespeare siempre es una buena apuesta.-Jack se encogió de hombros y tras mirar fijamente al profesor, esbozó tal sonrisa que se escuchó cómo la mayoría de la clase aguantaba la respiración.- Sí, será un placer volver a recibir clase de usted.-Alice había tenido que mirar fijamente a su mesa, mientras notaba cómo el calor se había apoderado desalmadamente de sus mejillas. ¿Eso había sido una sonrisa? Aunque hacía poco que le conocía, le impactó bastante saber que aquel chico de siempre expresión indiferente podía sonreír así. Y parecía que absolutamente todas las chicas de la clase (y un chico, según observó Alice) habían recibido el mismo impacto. Los chicos que estaban sentados a su derecha habían sonreído también mientras ponían los ojos en blanco. Parecía que lo conocían, pero no podía afirmar nada.
Después de aquella pequeña demostración, el profesor Strauss había explicado los contenidos de su materia y el sistema de evaluación que él utilizaría. Alice había tomado nota de todo; también de que Jack había vuelto a su dibujo. 
A la tercera hora, entró por la puerta una mujer alta y esbelta. Llevaba una falda de tubo color beige ajustada por encima de las rodillas y una chaqueta el mismo color.  Tenía el cabello castaño claro, recogido en un moño en la nuca, y caminaba con firmeza. Se giró hacia la pizarra, tal y como había hecho su profesor de literatura, y escribió su nombre en esta.
-Buenos días. Mi nombre es Margarita Leman, y mi trabajo durante este curso será meter algo de historia en esas cabezas vuestras.-Miró a todos con seriedad. Se quedó mirando un instante a la esquina donde estaban los chicos que parecían conocer a Jack, y luego miró fijamente hacia éste.-Pero bueno, qué sorpresa. Señor Dakuhanta, señor O'Donnell, señor Blad. Es un placer contar con ustedes en mi clase.-Alice notó cómo Jack chasqueaba la lengua. Se giró hacia los otros dos chicos, como el resto de la clase.
El que estaba sentado cerca de la pared tenía el cabello rubio, tan rubio que parecía brillar, y los ojos de un color azul tan oscuro que parecía el fondo del océano. Tenía una expresión amable, y esbozó una gran y dulce sonrisa al escuchar a la profesora.
-El placer es nuestro, señorita Leman. Es un honor poder disfrutar nuevamente de sus conocimientos históricos.-La profesora alzó una ceja y sonrió.
-Oh, pero, ¿hay algo que usted no sepa ya, señor O'Donnell?-Alice observó al chico rubio, que se había encogido de hombros sonriente. Si él era el que se apellidaba O'Donnell, entonces el otro debía ser..
-Esperaremos con ansias sus lecciones, señorita Leman.-El que estaba a su lado tenía el pelo de color castaño claro y cortado de forma que el flequillo le tapaba uno de los ojos. Éstos eran de un tono esmeralda, totalmente cautivadores. Sonreía a su vez mirando a la profesora, la cual lo miró con una mueca socarrona.
-Señor Blad, espero que haya profundizado ese interés suyo por la historia de su país.-Éste asintió, y ambos chicos miraron hacia Jack.  Éste había fijado sus ojos azules en los color miel de la profesora. En ellos había algo que Alice osó a llamar nostalgia...¿Era posible?- Veo que usted sigue con esa predilección por el arte, señor Dakuhanta, pero dudo que eso mengue la ayuda que podría ofrecernos sus conocimientos.
-Los cuales nunca superarían los suyos, señorita. Aún así, es todo un honor volver a verla, y tal como han dicho mis compañeros, será un placer recibir clases de usted.-Jack sonrió, pero no era la sonrisa que había mostrado en la hora anterior con el profesor de literatura. La profesora suspiró, como si fuera consciente de ese hecho, y se llevó una mano a la frente.
-Vuestra labia no ha decaído, señores. Será un curso muy interesante, no tengo dudas acerca de eso.-Miró al resto de la clase, y dio dos palmadas.- Bien, ahora, procederé a explicarles el contenido de mi asignatura, así como los sistemas de evaluación.
El resto de la hora había pasado con rapidez. Los chicos que se situaban a su derecha habían estado atentos a la profesora, aunque el castaño se distraía más a menudo. Incluso Jack llevaba toda la hora sin haber tocado su dibujo, aunque bien tenía una expresión de fastidio. Alice estaba revisando lo que había escrito en su libreta cuando un sonido estridente invadió la clase sin piedad. Comenzaba el recreo.
-Bueno, esto es todo. Espero que disfruten de este primer día de clases y que esperen con ansias su próxima lección de Historia.-La profesora salió de la clase caminando con elegancia, y aunque había cerrado la puerta tras de sí, no tardó en abrirse junto con el estruendo de todos los alumnos saliendo atropelladamente de la clase. Sólo cuatro personas quedaron dentro.
Jack resopló y apoyó la cabeza contra el pupitre. El señor Strauus y la señorita Leman...¿eh? Esbozó una sonrisa irónica. Iba a ser un año divertido... Notó cómo John y Thomas se acercaban a él. El primero se arrodilló en frente de su pupitre, mientras que el segundo se puso simplemente a su lado. Sintió otra descarga y maldijo por lo bajo.
-Oye, Jack, ¿te están empezando a dar corrientazos o algo? Llevas toda la clase brincando.-Jack levantó la cabeza y fulminó con la mirada al sonriente chico castaño que estaba frente a él.- No me mires así, sabes perfectamente que...
-John, corta el rollo, ¿quieres? No estoy de humor.-Jack suspiró levantando la cabeza, y se pasó una mano por el pelo, despeinándolo. Miró a Thomas, cansado.- Goldheart, Strauss y Leman...¿Sabes que hay alguien más por aquí?-El chico rubio negó suavemente con la cabeza.
-No que yo sepa, aunque he oído que es posible que Toriber esté por aquí..-Jack soltó una maldición  y John hizo una mueca.
-Ah mierda, ése no...Goldheart y Toriber no...-Refunfuñó durante un rato, hasta que su mirada se fijó en Alice. Alzó una ceja, divertido, y tras mirar a Jack volvió a mirarla.- Qué maleducados somos, ¿eh Tommy?-Le tendió una mano.- Yo soy John Blad. -Thomas hizo lo mismo que el castaño, sonriendo amablemente.
-Thomas O'Donnell, aunque este espécimen de ojos verdes me llama Tommy.-Señaló a John y Alice sonrió a la vez que aceptaba sus manos.
-Eh..Yo soy Alice Bitterblue...Aunque creo que ya lo he dicho a primera hora.-Sonrió de lado y ambos se retiraron. Jack había vuelto a bajar la cabeza y bufaba contra la mesa.
-Sí, lo sabemos. Nosotros-John se señaló a él y a Thomas.- somos los encargados de meter a este chaval en cintura.-Señaló a Jack, el cual lo miró entrecerrando los ojos.
-Esto, John, me parece que te estás ganando un puñetazo...-Le advirtió Thomas sonriendo.- Pero después de todo, sabes que es más a ti a quien tenemos que vigilar Jack y yo...-John puso cara de cachorro.
-No es mi culpa que seáis vosotros los más p..¡AY!-Algo había caído con fuerza sobre la cabeza de John. Éste miró a Jack con lágrimas fingidas y se llevó una mano a la cabeza.- Eso ha dolido...
-Si no quieres que te duela de verdad, cierra esa gran boca tuya, Blad.
-Oh...Has dicho Blad...-John gimoteó.- Nunca me llamas así Jack..¿Qué te he hecho?-Jack bufó y tras levantarse salió del aula. Alice lo miró irse, y luego observó a los dos chicos.
-Esto...¿Tiene complejo de gato o son cosas mías?

Capítulo 4: Paciencia, gracias.

Hacían veinte minutos que las clases habían comenzado. Alice estaba aún de camino al instituto; de hecho, acababa de aparecer en la puerta. Entró apresurada al viejo edificio y se dirigió a su clase. Según un papel que le había entregado su madre,  ‘me lo ha dado el instituto para ti, para que no te pierdas’ y que descubrió demasiado tarde, su aula era la 11. Al acceder al patio frontal del  edificio vio a un hombre bajito y delgado. Era calvo, pero tenía un elegante bigote blanco sobre los labios. Estaba muy concentrado en su tarea de barrer las  primeras hojas del otoño que empezaban a dejar los árboles. El conserje, supuso. Un poco cansada, Alice se acercó al hombre y agarró su carpeta con fuerza.
-Eh… Disculpe, señor… Soy nueva en el instituto y estoy perdida. ¿Podría indicarme dónde se encuentra el aula 11? De verdad que  lamento mucho molestarle, pero no tengo otra opción.-Alice agachó la cabeza, por lo cual no vio cuando el hombrecito giró la cabeza hacia ella y en sus ojos apareció un destello de esperanza. Fugazmente elevó la vista hacia una de las ventanas superiores, hizo un asentimiento de cabeza y volvió a dirigirse a la chica.
-¡Claro! No hay problema. –Dejó la escoba apoyada en el tronco de un gran Roble que parecía dominar todo el terreno, y se frotó las manos en el chándal.- Sígueme, muchacha. La verdad que uno no siempre se encuentra con adolescentes tan educados como tú. –El hombrecillo se dirigió alegre hacia la que parecía la puerta de entrada al gran y grisáceo edificio. Tras pasar la puerta, lo primero que vio Alice fueron dos escaleras, que se ubicaban justo enfrente de la entrada. Las de la izquierda bajaban y las de la derecha subían. A la izquierda había un mostrador, tras el que el conserje había entrado para buscar alguna cosa, y en cuya parte superior relucía la palaba Portería. Y también había un pasillo, aunque ella solo alcazaba a ver la entrada a éste. En cambio, a la derecha, justo delante de la portería, había dos mesas, y en frente de la entrada al pasillo, dos puertas enormes que estaban cerradas. A Alice le picó la curiosidad, pero no se atrevió a acercarse. El conserje salió de la Portería con un fajo de fotocopias bajo los brazos.
-Ya que vas a  esa aula, voy a aprovechar y para llevarle al señor Goldheart sus fotocopias. Sígueme.- El hombrecillo se encaminó escaleras arriba. Alice lo siguió un tanto tímida. ¿Qué pasaría al entrar en clase? Todo el mundo la miraría, y ella no soportaba que la mirasen. Probablemente el único sitio libre que quedase estaría al final de la clase. Mirándolo bien, ese era un buen punto para poder pasar inadvertida para los demás. Alice miró hacia arriba por el hueco de las escaleras y descubrió dos plantas por encima de la principal, y al mirar abajo vio una. En total, parecía que aquel instituto tenía cuatro plantas. Nada mal, comparado con los antiguos. El conserje giró a la derecha  y se adentró en un largo pasillo. En la pared izquierda del pasillo había distintas puertas, cada una con un numerito encima. En cambio a la derecha, había ventanas que daban a los patios. Su clase no estaba muy lejos de las escaleras, de hecho era la segunda. El conserje tocó la puerta y abrió. Alice, asustada, se quedó atrás mientras esperaba alguna señal para pasar. Oyó la voz del conserje, y otra más grave que le respondía, sumados a los inquietos estudiantes que habían aprovechado la distracción para empezar a cuchichear.
-Señor Goldheart, le he traído las fotocopias que  mandó hacer.-Le tendió el fajo de papeles y se frotó la mano.-Y he encontrado a una alumna nueva, que parece que va a su clase. Estaba perdida, pobrecita.
-Ah, muchas gracias Gil. ¿Sí? Ya decía yo, me faltaba una... hazla pasar.- El conserje se giró hacia ella y le hizo una seña para que entrase.
-Ven niña, esta es tu clase. Yo me voy ya, que tengan un buen día.-El conserje, que parecía llamarse Gil, deshizo el camino y volvió escaleras abajo. Alice miró hacia su tutor. Alto, rubio y de ojos grises. Ya, lo típico vamos. Se quedó allí de pie sin hacer nada,  paralizada por el miedo.
-Bueno, tú debes ser Alice Bitterblue, ¿cierto?-Alice asintió con la cabeza.-Bueno, yo seré tu tutor. Mi nombre es Anthony Goldheart. Veamos…-echó una mirada a la clase, y señaló al final.-Allí hay un sitio libre. Puedes sentarte ahí.-Alice viró la cabeza y cuál no fue su sorpresa al ver que su compañero de pupitre era nada más y nada menos que el misterioso chico de pelo negro y ojos azules.
                                          

Levantó la cabeza de su dibujo nada más escuchar el nombre y que una descarga le recorriera el cuerpo. ¿Alice? ¿En su clase? ¿Era una broma? No sabía si podría soportar una descarga de esas  cada cinco minutos. La vio acercarse y sentarse con la cabeza gacha en el asiento junto al suyo. Genial, encima la tenía al lado. Suspiró y volvió su atención a su dibujo de nuevo. Notaba todos sus movimientos como si la estuviera viendo. Comenzó a ponerse nervioso cinco descargas después. No estaba seguro de querer aparecer por clases durante unos días.
-O-oye….-su voz le llegó en un susurro, para que el profesor no la escuchara, supuso.- gracias por lo de antes… Y… esto… me llamo Alice, pero supongo que lo habrás oído… ¿Puedo preguntarte tu nombre?-Se giró para mirarla, mientras soplaba el flequillo que le tapaba un ojo. Era normal que quisiera saber cómo se llamaba, aun así le sorprendió la pregunta.
-Jack. Mi nombre es Jack  Dakuhanta. –Obviamente esperaba, como siempre, algún comentario burlón acerca de su apellido, pero también se vio sorprendido por su respuesta, y por la descarga que vino a continuación.
-Hmm… es un nombre bonito… ¿Tu apellido es japonés? - ¿Cómo lo había adivinado?
-Eh… sí. –No dijo nada más, volvió a su dibujo. Y ella pareció captar la indirecta, pues tampoco habló más. ¿Quién era aquella chica?

Capítulo 3: Un reiterante y monótono comienzo de clases.

Alice no sabía muy bien qué decir. Si bien se había quedado prendada por el azul de los ojos del chico,  esperaba intensamente que no se le hubiera notado. Al colocarse a su lado observó que también su pelo podría dejar encandilado al mismísimo Helios*. No era dorado, ni mucho menos blanco. Era negro. Era el negro más negro que había visto en su vida. Más negro que una noche sin luna y sin estrellas. Más negro que el camino a la propia Gehena*. Más negro que el propio color. Pero brillaba. Era un color que brillaba, aun teniendo las vibraciones que tenía (para nada positivas), y daba sensación de calidez. Era muy extraño. Miró al cielo y distinguió en volar de un pequeño ruiseñor, que parecía huir de algo. No fue hasta que vio al halcón que comprendió. Se paró en seco en la acera y se quedó mirando el volar del indefenso pajarito tras el halcón. Y de pronto, todo su mundo interior se vino abajo. Ella era ese pequeño ruiseñor, indefenso ante el halcón y atemorizado. Huía. Había estado huyendo todos estos años. ¿De qué? Quién sabe. Probablemente todo tipo de problemas familiares, de adaptación social, o simplemente de autoestima llenaban frenéticamente la silueta del gran e imponente halcón, que antes muerto que dejar de perseguir a su presa. Quizás fuese el objeto de juego de algún dios caprichoso y sin corazón. Quizás, simplemente, no había esperanzas para ella. Perdida en el danzar de las dos aves, perdió la noción del tiempo, y al muchacho de ojos azules de vista.


Sabía que ella se había parado. Lo había notado en el aire. No había mirado hacia atrás, había continuado su camino. Pero antes, quizás sin que nadie se hubiera dado cuenta, había depositado una nota en las manos de la muchacha. ¿Cómo? Quién sabe. Pero él lo había hecho, y ella no se había dado cuenta.
Alice.
Ella no le había dicho cómo se llamaba, pero su nombre le había llegado a los oídos como una suave ráfaga de aire fresco otoñal. Lo suficientemente fresca para incomodar, y lo suficientemente caliente para ser agradable. Un escalofrío producido por otra descarga le sacudió el cuerpo. Joder. Si siempre sería así hasta que la llevase hasta allí, sería una gran molestia. Sabía que ella encontraría el instituto sin problema, y desapareció. Donde antes unas converse verdes descansaban, no había nada. Y él no había volado, o no había corrido. Había desaparecido. Mismamente, a más de treinta metros rectos, frente a unas grandes letras que rezaban la palaba YOKAI, habían vuelto a aparecer. Y nadie habría sido capaz de explicar tal suceso. Y por dos motivos: primero, era inexplicable. Segundo, no se puede explicar algo que no se nota. Él era casi invisible para el ser humano, por lo que sus acciones no repercutían en La Tierra.
Avanzó hasta introducirse en el desgastado edificio, observando cómo otros alumnos comenzaban a llenar el patio, y  una gran multitud de voces y susurros llegaban hasta él. Esa era, siendo sinceros, la razón por la cuál odiaba el instituto. Independientemente de que a él le daba igual esas conversaciones, seguían llegando. Suspiró con fuerza y entró en el aula antes de que nadie más tuviera tiempo de hacerlo. Y es que al llevar tantos años allí, había desarrollado la capacidad de llegar a los sitios antes que los demás. Y no tenía (o no debería tener) nada que ver con su condición de ente.

Capítulo 2: ¿Apareció? ¡Por fin! Pero...

Mas que caminando, iba saltando por las calles. Estaba eufórica, aunque no sabía muy bien por qué. Tal vez confiaba en que su vida en esa ciudad borrara todos sus tristes recuerdos. Tal vez creía que por una vez en su vida podría tener amigos, que sentiría que pertenecía a algún lado. En cambio no se atrevía a pensar que algo podría salir mal. Cada vez que esa idea acechaba su mente, la barría completamente, la obligaba a retroceder y esconderse en lo más profundo de su inocencia. Se negaba a aceptar cualquier fallo. Así que con esa probablemente falsa ilusión, intentó encontrar el instituto. Ahora que se daba cuenta, nunca había ido. Ni siquiera cuando su madre fue a entregar la matrícula….Santo Dios, ¿dónde estaría? Paró sus brincos de golpe y miró a su alrededor como una niña pequeña perdida. Pues iba bien, entonces… Se preguntaba seriamente si llegaría a tiempo, o sería como en todas las otras ciudades y su despiste arruinaría todo su mundo ideal de fantasía. ‘’Mmm…quizás debería preguntarle a alguien… Siempre será mejor que llegar tarde…’’ Observó como un chico cabizbajo de más o menos su edad caminaba detrás de ella y hacia ella. Aparentaba más o menos su edad y también llevaba una mochila, así pues decidió preguntarle dónde quedaba el instituto. Se acercó a él cuando pasaba por su lado, y con voz tímida preguntó:
-O-oye… perdona que te moleste, pero estoy perdida. –Se pasó una mano nerviosa por el pelo.- ¿Sabes dónde está el instituto Yokai? –Lo miró con timidez y se sorprendió cuando, al mirarla, el azul más azul que había visto en su vida la miró con sorpresa.-
                          

Avanzaba lentamente por las calles adoquinadas. No tenía ningunas ganas de volver al instituto, de volver a dar lo que ya sabía de hacía años. Era algo que no soportaba. Niñatos por todos lados que se creían adultos, profesores amargados que descargaban en los niñatos…. Todo era un círculo contiguo. Y él estaba en medio. ¿Y por qué? Siempre se hacía esa pregunta, pese a saber la respuesta perfectamente. La necesitaba. Habían pasado muchos años desde que lo mandaron a esa misión, y aún no había progresado nada. La única y rácana pista que le habían dado es que iría a ese instituto. Y  como él ‘tenía’ dieciocho años, podría pasar perfectamente por un adolescente. Miró al cielo durante un instante, y observó que no había ninguna nube… Eso no solía pasar nunca….De  hecho, siempre que avanzaba en una misión el cielo se despejaba… Abrió los sorprendidos ojos durante un instante, y el cielo no pudo mantener su mirada electrizante. Volvió a bajarlos y continuó su camino. ‘’Soy un imbécil. Llevo tantos años buscándola y aún no ha aparecido… Si es que aparece. Mierda, soy un completo gilipollas. ¿Por qué habré aceptado la misión?’’ Su mente vagaba de un lado a otro cuando sintió una descarga eléctrica en todo su cuerpo. Miró hacia delante y vio una chica que parecía perdida. Abrió más aún los ojos. ¿Sería ella? ¿Sería posible que, después de tanto tiempo de búsqueda en vano, apareciera ante él así de la nada? Con cautela, continuó su camino y se sobresaltó cuando ésta le habló, preguntándole dónde estaba el instituto…. Era ella. No podía haber duda…. ¿O sí? Otra descarga le confirmó que no, que no había dudas. Era ella. Finalmente, su misión había avanzado notablemente. Ahora solo le quedaba llevarla allí…
La miró con los ojos fríos que usaba para todo el mundo humano y, quedamente, asintió con la cabeza.
-Voy a ese mismo instituto… Ven, si quieres. –No esperó respuesta, reanudó su camino y sonrió internamente cuando la vio correr hasta ponerse a su altura y murmurarle un sincero ‘gracias’. Por fin su vida tendría algo interesante. Tendría algo en lo que pensar y un plan que idear. Todo comenzaba a cobrar sentido…

Capítulo 1: Nerviosa estupidez.

Los cálidos rayos de sol, que se colaban por la ventana abierta, cayeron suavemente sobre su rostro  y lo despertaron. Un segundo después, sonó el despertador. Abrió los ojos y se incorporó en la cama con un movimiento brusco, y suspiró con frustración.  Sentado sobre esta, alargó la mano hacia la mesilla de noche para apagar el despertador, aunque lo que realmente quería hacer  era lanzarlo  por la ventana y no volver a ver a ese maldito artefacto. Se restregó un ojo con el dorso de la mano y se levantó, camino al baño. Se aseó y volvió al cuarto para vestirse. Abrió el armario, en el cual no había mucha variación de ropa. Sudaderas, camisetas y zapatillas de todos los colores, vaqueros en varios tonos de azul, y alguna que otra prenda elegante por ahí perdida. Eligió unos vaqueros claros, una camiseta y unas zapatillas verdes. Ese día empezaban las clases, pero aún no hacía tanto frío como para ponerse una sudadera. Volvió al baño para intentar arreglar su indómito cabello negro. Se lo cepilló un poco, lo justo para que pareciera normal. El flequillo, liso, le caía sobre la frente y le tapaba un ojo. Por detrás, le llegaba hasta la coronilla en lisos mechones. Era el único de la ciudad que no tenía el pelo corto. Observó su reflejo, y solamente un ojo azul cielo le devolvió la mirada. Volvió a suspirar. Bajó a la cocina con los ojos entrecerrados para adaptarse a la luz, y se preparó un café. Cogió su mochila tras mirar su reloj de muñeca y ver que aún quedaba tiempo para llegar al instituto, y salió por la puerta. Una brisa fresca le rozó la cara, y le recordó a su antiguo hogar, el cual siempre intentaba desesperadamente olvidar. No soportaba cualquier cosa que le recordara a su antiguo hogar. Cada vez que esto sucedía, tenía que agazaparse en el suelo con las manos en las orejas y tambalearse levemente, hasta que el doloroso recuerdo pasara. Y eso hizo en esa ocasión. Lo bueno que tenía es que nadie lo veía nunca, así que nadie se daba cuenta cuando lo hacía. Tras el momento de angustia, se levantó y se encaminó lentamente y cabizbajo hacia otro año de monótono y taciturno instituto.
                                                     

-¡Alice, date prisa!- gritó la señora Elizabeth Bitterblue desde la cocina.- ¡No querrás llegar tarde el primer día!
-¡Gracias por los ánimos, mamá!-Una voz se coló por las escaleras y  desde el piso superior y llegó a la cocina. -Eres de una ayuda espeluznante.-Elizabeth escuchó unos pasos en la escalera y sonrió al ver a su hija preparada para su primer día de instituto en la nueva ciudad. Estaba muy orgullosa de ella, y confiaba en que se adaptara pronto a la vida en la ciudad.
-Fe fada, fariño. ¿Fefayufas?- Preguntó, con la boca llena de cereales. Alice puso los ojos en blanco, pero sonrió.
-A ver quién tiene diecisiete años aquí.-Observó el tazón de cereales, con poco interés. Hizo un ademán con la mano para rechazar la oferta.- No gracias, tengo el estómago cerrado.
-Bueno, pues vete ya, que no llegas. Buen día, cielo.- Dicho esto, volvió a poner toda su atención en el tazón que tenía delante.
-¡Adiós! –Se despidió con la mano de su madre, y salió atropelladamente hacia la calle. Hacía un buen día. El sol brillaba en lo alto y no había prácticamente ninguna nube. Unos pajaritos volaban alegres en el cielo azul, entrelazando su vuelo en una elegante danza. Sus piar también se combinaban a la perfección. Sonrió con satisfacción y confianza, y se encaminó al instituto. Lo que ella no sabía es que ese día su destino daría una vuelta de tornillo y su vida cambiaría para siempre.

Prólogo: Vuelta a la rutina.

En lo alto de la roca, un muchacho de cabello negro y ojos azules contemplaba la puesta des sol. ¿Cuánto llevaba allí, en esa roca, sentado sin cambiar de posición? No lo sabía. Quizás días, quizás años. Había perdido la cuenta al quinto atardecer. El tiempo para él no pasaba como lo hacía para otros seres. Elevó la vista hacia el anaranjado cielo, suspirando lentamente. Solía suspirar mucho, pues aunque era una acción hereje para sus propias creencias, la soledad y el desasosiego le obligaban a traicionarse a sí mismo con esa acción. Llevaba tres décadas buscando a la maldita mujer que podía ayudar a su gente, pero la muchacha no se dignaba a aparecer. Con un ágil movimiento sigiloso, se levantó cual felino echando una última mirada al paisaje. Bajó hasta la oscura arena que rodeaba un pequeño lago de aguas cristalinas en calma. Miró su reflejo en el agua y entrecerró los ojos.-
-Es hora de volver... He descansado demasiado.-Sonriendo levemente de lado, se pasó una mano por el pelo y rehízo el camino de vuelta a casa.-